Cochabamba, martes 23 de julio de 2019

Evita y sus representaciones, las propias y las ajenas

Sobre las formas de representación en el arte del fascinante personaje que encarnó la argentina Eva Perón, cuyo centenario de natalicio se celebró hace poco.
| Claudio Sánchez | 12 may 2019

ARCHIVOMucho se ha escrito sobre ella. Definitivamente, es una de las figuras icónicas de la Argentina. Su nombre se asocia con las reivindicaciones populares y la justicia social. Eva Duarte, o Evita, pero por sobre todo Eva Perón, habría cumplido 100 años el pasado 7 de mayo. La literatura le ha otorgado un lugar de privilegio, existen sobre ella varias biografías escritas, una de aquellas es Eva Perón, la biografía de Alicia Duvojne Ortíz, una de las más precisas y completas. Otra, la del boliviano Alfredo Crespo Rodas, bajo el título de Eva Perón, viva o muerta. La más apasionante y/o apasionada sin duda es la versión novelada que hace Tomás Eloy Martínez en Santa Evita. La ficción la ha llevado a nuevos niveles. Mónica Ottino escribió la “comedia patriótica en 3 actos” titulada Evita y Victoria -que supone un encuentro entre Victoria Ocampo y Eva Perón-. Otra pieza breve -también en tres actos- es Evita vive de Néstor Perlongher. Así podríamos continuar haciendo un recuento de lo dicho sobre esta mujer durante varios renglones más, sin embargo, y para cerrar el párrafo, es inevitable mencionar el libro que ella firma, el que lleva por título La razón de mi vida.

Más allá de todo lo escrito, queda aquello de lo visto. Eva Duarte quiso ser actriz y lo consiguió, encontró en el cine un espacio para poder dejar atrás al mundo rural y pobre de donde provenía. El cine para Eva representa un lugar de privilegio en una ciudad que vive del espectáculo y que ha conseguido tener su propio star system al haberse generado una industria cinematográfica nacional. La capital argentina para los años 40 vibra con el cine, y los estudios producen no solo películas, sino también fenómenos culturales asociados con las figuras de actores y actrices.

Eva Duarte llegó a Buenos Aires en 1935 y empezó una dura lucha por hacerse de un lugar dentro del espectáculo, participó en la radio, hizo teatro y también cine. Sin embargo, no fue una de las actrices más destacadas. Su carrera estuvo llena de altibajos, desde sus primeros trabajos en la pantalla grande hasta que realizan La pródiga (Mario Soficci, 1945), en la que ella será la protagonista. Aunque la película más recordada, sobre todo por el mito que la rodea, sea La cabalgata del circo (Eduardo Boneo y Mario Soficci, 1945) en la que comparte escena con Libertad Lamarque. Cuenta la leyenda que Lamarque le dio una cachetada a Eva. El hecho tiene muchas versiones, lo que es cierto es que, cuando Perón asume el Gobierno, Lamarque vivirá un “autoexilio” en México, donde desarrollará gran parte de su carrera.

Los trabajos y las investigaciones sobre Evita no se detienen, continuamente se reescriben, se confirman o desmienten datos, se hacen nuevas lecturas sobre su vida y obra. Definitivamente, ha sido un personaje polémico. El cine también la ha construido y deconstruido en diferentes niveles. Se han hecho películas sobre su vida con distintos matices. La más internacional de todas es por supuesto Evita (Alan, Parker 1996), con Madonna en el cartel interpretando a la argentina. Sin embargo, ha habido -muchas- creaciones locales sobre ella. Incluso se ha hecho un largometraje animado que lleva por título Eva de la Argentina (María Seoane, 2011).

En 2017, César Maranghello, historiador del cine argentino, publicó la biografía Eva Duarte, más allá de tanta pena, libro que brinda luces sobre otra posible relación entre Evita y el cine. En una entrevista para la Agencia Telam, el autor del libro declara: “Evita tuvo muchísimo más teatro que cine, porque su idea de actriz era trabajar en un escenario, más allá de que soñaba con ser como Norma Shearer, una famosa actriz de Hollywood, como después fue Greer Garson”. Y agrega: “hay una película de Greer Garson, De corazón a corazón, de 1941, que Evita vio once veces y que le dio la idea de la Fundación Eva Perón (la película, en la que también trabaja Walter Pidgeon, cuenta la historia de una mujer que ayuda a los niños huérfanos a encontrar un hogar, más allá de la oposición de los “buenos” ciudadanos, desinteresados por los niños pobres o ilegítimos)”. Maranghello habla de una cinefilia consumada por parte de Evita, quien le asignaba a la pantalla un carácter fundamentalmente educativo, de acuerdo con el historiador, ella aprendía del cine, este era la fuente de conocimiento e información que Evita prefería.

No está agotada, en ningún caso, la figura de Eva Perón, o de Eva Duarte, y de sus relaciones con el cine, de cómo este pudo formar su carácter, dar cuerpo al personaje que ella misma representaría en la vida misma. La lección que deja Evita para el presente y el futuro de las investigaciones es que no se puede dar por terminada la reflexión en (casi) nada. El revisionismo histórico, tanto como la urgencia por entender no la ola sino el viento que la produce, amerita el continuo cuestionamiento sobre aquello que conocemos. En el caso de Evita, al haber sido una figura pública controversial, y en cierta época incluso convertida en un ser inalcanzable e incuestionable, la situación se hace más compleja. Toda la construcción de su mito empieza incluso cuando ella estaba viva. Por eso mismo, cuando Perón se casa con Eva -pocos días después de concluido el rodaje- él pide incinerar toda copia de La pródiga e instruye a los productores que la película no fuera exhibida. Y así fue, hasta que en 1984 apareciera una copia en Montevideo, la cual permitió por primera vez ver a Evita en su primer papel protagónico y leer su nombre en los créditos como María Eva Duarte, aquella misma mujer que nació hace 100 años.
Crítico e investigador de cine  - mardecine@gmail.com



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