Cochabamba, domingo 20 de enero de 2019

Pocoata, del agua su “lugarcito”

Una breve aproximación  fotográfica al espíritu que anima un viejo vallecito cochabambino.
TEXTO Y FOTOS: DIEGO ECHEVERS TORREZ | | 06 ene 2019

Sentarse en las faldas de un arbolito, conversar con todos los que trabajaron en la dura jornada alrededor de un balde de chicha y reír a carcajadas es una vieja tradición que en los valles cochabambinos cada vez es más escasa. El k´allu, papa wayk´u y el buen pan son, poco a poco, lujos que otrora eran cuestión del día a día, porque la globalidad ha introducido en los lugares ciertos productos y formas de consumo que alteran las vidas y las formas tradicionales.

Y no es nuestra intención cuestionar si esta irrupción de costumbres individualistas es buena o no, porque el comportamiento humano será siempre un acto de voluntad y decisión personal, por lo que nos interesa más rescatar la idea de que en los profundos valles de Cochabamba todavía existen lugares que conservan ciertos comportamientos comunitarios a la vieja usanza.

RUIDO DEL AGUA Y VIEJOS MOLINOS

A seis kilómetros al este de la localidad de Arani se encuentra el pequeño poblado de Pocoata, que es muy conocido por sus viejos molinos de piedra, que funcionan a fuerza del agua y son utilizados para moler los granos de la región.

Avenida única que recorre el surco de la vida hacia las nacientes del agua, Pocoata es de características propia, un lugar en donde todavía se aprecia una arquitectura que se ha transformado poco. Las viejas casonas y huertos habitan a ambos lados del camino, generando así, pintorescos rincones de valle e historia. El sonido intenso del agua que recorre el cauce, y caprichosamente se escurre entre voluptuosas piedras blancas, es también parte del paisaje y del lugar, y por quien se puede decir que Pocoata es el “lugarcito” del agua.

El maíz, el trigo, la cebada y otros granos son moneda corriente entre sus espacios, sin mencionar que, a diferencia de muchos otros lugares, en esta pequeña comunidad abunda el agua, y por la cual también es posible hablar de una prodigiosa vida de agricultura que trasciende la economía local. Demás está decir que hoy por hoy en la región de Cochabamba el agua es cada vez más escasa, y que esta pequeña comunidad también podría ser considerada como un verdadero oasis.

Parece ser que el viejo nombre de Pocoata deriva de la onomatopeya que describe la erupción del agua a borbotones en las distintas vertientes de montaña que luego convergen sobre el río de la comunidad. “¡P´okoj! ¡p´okoj! diciendo sale pues todo el año…” comentan los antiguos comunarios del lugar, y por lo que su conjunción, p´okoj y wata (año), daría como resultado la palabra con la que se la denomina y se la entiende.

Revisando fuentes documentales nos damos cuenta que es muy difícil encontrar trabajos a profundidad que se hayan realizado sobre el lugar. Aparentemente su data es de origen colonial, así como la misma localidad de Arani y especulando un poco, su posición geográfica y su economía estarían supeditadas a las vertientes de agua, necesarias para la movilización de las estructuras que permiten a los molinos existir como un medio por el cual se abastece toda la producción de harinas en la región.

Mientras los hombres trabajan la tierra, las mujeres ocupan su atención en el hogar, compartiendo además su tiempo con la producción del wiñapo que se vende luego en los mercados de Punata y Cliza, justamente para garantizar la ela-boración de la chicha como producto central de la economía de la región del Valle Alto del departamento de Cochabamba.

En Pocoata no solo se muele el maíz y los granos que se producen abundantemente en el lugar, sino también los de muchas otras comunidades que valoran el producto de una tradición que no impacta negativamente sobre el ecosistema.

Los molinos que son impulsados por la fuerza del agua no generan ningún daño al medio ambiente, pues entre las macizas rocas y las cajas de madera de las que están compuestos, no existe ningún tipo de combustible que genere dióxido de carbono durante el proceso de molido.“No hay harina mejor que la que se muele en piedra”, me convencen las señoras que nos acompañan.

La harina de nuestros molinos es tan buena como la llajua que se muele en un batán de piedra, en comparación con la que se tritura en una licuadora, argumentan, mientras sostienen una posición militante, en donde queda claro que no existe nada mejor que lo que se hace por medios naturales.

Manos, pies y un sacrificio enorme tras soportar el intenso sol del valle, los pisos calientes y todas las inclemencias del tiempo son pequeñeces para el corazón de estas valerosas mujeres pocoateñas, y por quienes además existen todavía, el buen pan y la chicha sana.

POCOATA, EL “LUGARCITO”

DEL TIEMPO Y LAS VIEJAS HISTORIAS

Mientras uno recorre la única avenida del pueblo, así como un gigantesco y serpenteante túnel del tiempo, encuentra a los lados ingentes tendidos de grano secando al sol y, de cuando en cuando, los pies trabajadores de las mamás ñek´edoras que están procesando wiñapo (maíz desgranado y secado listo para su molido), para luego subir hacia Pocoata Alto, que es donde se encuentran las vertientes que cautivan los surcos de agua que descienden hacia los molinos.

En el trayecto inmensos árboles y vetustas casitas de barro aparecen como postales, mientras los pobladores animan el lugar, uno a uno van marchando hacia las huertas y cultivos.

El día comienza temprano, mucho antes de que salga el sol, algo así como a las 03:00 a. m. apro-ximadamente. Hombres y mujeres se ocupan de sus tareas, porque solo con sacrificio y disciplina pueden garantizar la calidad de sus productos: la tierra no produce por sí sola. Don Delfín, subalcalde de la comunidad, nos comenta que las señoras suelen ser las más trabajadoras, porque no solo deben ocuparse del campo y el hogar, sino también de otras actividades complementarias como el tejido, el wiñapo y los animales. “Facilito se levantan un quintal de grano”, me convence con la razón del sacrificio con el que estas señoras, por cierto nada jóvenes, trabajan el día a día.

Llama la atención que no haya mucha gente joven en la comunidad, probablemente porque si las grandes localidades del valle se han visto ase- diadas por la migración, el caso de la pequeña Pocoata no es diferente, y es quizá una más de las razones por las cuales se hace más urgente todavía recoger sus viejas historias de vida.

Las manos, los pies y los rostros de los habitantes del lugar son testimonios de una vida que trans-curre lentamente, pero que atesora las viejas formas de vida que han hecho de Cochabamba un referente del buen comer, del buen beber y del buen vivir.

El aire fresco, impregnado de oxígenos andinos, así como la fortificante humedad del río y las vertientes, hace de Pocoata un hermoso lugar para vivir y entender que la buena vida no se refiere necesariamente al acceso y la estabilidad económica, sino más bien a las formas de vida que equilibran las fuerzas de la naturaleza y que en definitiva nos obligan a entrar en contacto con la tierra. Pocoata es un viejo tesoro escondido entre las quebradas preñadas de agua y de luz, pero fundamentalmente es también del tiempo su cajita de sorpresas, pues gracias a ella es posible entender una otra forma de vivir; una otra forma de existir y definitivamente, es también una otra forma de sentir.

En todo caso, y como fuere: en Pocoata la existencia parece fluir como un cauce que abunda en el río y al sonido de éste golpeando entre las piedras, parece decirnos también que es del tiempo y el agua, su lugarcito. 



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