Cochabamba, lunes 20 de agosto de 2018

Juan Ignacio Revollo: el grabado como experiencia vital

Tiene 36 años y abre su sexta exhibición este 9 de agosto en La Paz, “Al filo de las rocas”. La obra del artista plástico paceño se extiende hasta el cine, el teatro y la ópera.
| María José Ferrel Solar | 05 agos 2018



Durante su infancia, Juan Ignacio Revollo Morales clavaba su mirada en el altiplano potosino, mientras recorría los lugares de donde provienen sus padres. En la retina del niño se calcaban mucho más que imágenes: sensaciones. Las formas, luces, pero, más que nada, los colores. Los rojos, los violetas y verdes reflejados en la tierra, que son ahora parte fundamental de su obra, que, desde los sueños y las vivencias, susurran a su memoria.

“Todo Potosí, todos esos caminos recorridos, el contacto con la naturaleza, el campo mismo sin luz. Ese contacto es pilar de mi obra y en mi formación”, cuenta Revollo.

Su oficio en el arte plástico boliviano se enmarca en su destreza dentro el rito del grabado, donde se desarrolla hace más de 15 años con soltura. También presume cierta flexibilidad hacia la pintura, guiñándole el ojo también al cine y al teatro, desde la dirección de arte y diseño escenográfico.

Aunque en su hoja de vida figura el haber sido parte del equipo artístico de grandes como son Jorge Sanjinés, el fotógrafo Peter Zeitlinger, Ulrich Bergfelder y Werner Herzog, es el encuentro con el paisaje, el territorio -su paso por él- y la experiencia lo que preocupa al artista: el encuentro, quizás, consigo mismo.

La técnica del grabado, para conocedores y no tanto, empuja al hacedor a una suerte de alquimia donde intervienen varios factores que mimetizan la mano y el cuerpo del artesano con sus materiales.

“El grabado es una disciplina que requiere de precisión, meticulosidad y mucha paciencia. El contacto que se lleva con los materiales y el rigor que precisan dichas técnicas hacen que el grabado no sólo sea un medio expresivo, sino una manera de ver el mundo”, explica Revollo, quien presenta su sexta exhibición “Al filo de las rocas” este 9 de agosto en la galería de la unidad de postgrado de la Universidad Privada de Bolivia (UPB) en La Paz.

Después de pasar por la carrera de Artes Plásticas de la Universidad Mayor de San Andrés (UMSA) y debido a su fascinación por la tinta, el punto y la línea, Revollo se inclinó por el grabado. con una gran admiración hacia la obra de Arturo Borda, Alfredo Domínguez, M.L Pacheco y Cecilio Guzmán de Rojas, el paceño de 36 años, perseguía referencias oníricas de la montaña, el desierto, los bosques y la puna, entre otros.

El título de la muestra “Al filo de las rocas”, se presentó en el proceso del dibujo entre tinta y gráfico de Revollo. Es, pues, el error, el accidente y la espontaneidad que muchas veces sorprenden al artista.

“Fue por causa de una secuencia de líneas que sugieren nubes en el cielo y los pliegues de la tierra. De pronto, surgió el reconocimiento de un trayecto recorrido en sueños, diáfano y recortado por los perfiles del horizonte (…) tal contraste remitió a un estado de alerta y a la vez de meditación, así como: Caminar textualmente al filo de las rocas”, recuerda.

También en su mirada es romántica, debido a la relación con el medio que Revollo utiliza, en su hechura, en la vivencia y lo que evoca la atmósfera de los paisajes.

Es así que el recorrido físico se encuentra con la experiencia vital, generando las sensaciones que Revollo plasma en su grabado, en su pintura, en su escenografía, en sus paletas de colores y en sus propuestas en blanco y negro: “La elegancia y fuerza del blanco y negro es única”, indica.

“Es la vivencia, es el caminar a través de eso, lo que sucede dentro de uno, lo que te provoca. Luego en el taller es como ritualizarlo, al sacarlo en el proceso sucede eso de volver, volver a leer eso que has asimilado para luego ponerle alguna especie de razón”, resalta.

Además de los clásicos a los que un artista siempre vuelve como William Turner o Vasili Kandinski, el maestro Max Aruquipa es una inspiración para el grabador paceño.

“Él me presentó al grabado, me enseñó la cocina, es antropólogo y cocani”, dice Revollo entre risas de complicidad, “Es del lago -prosigue- su obra es de protesta y es social, totalmente. Es figurativa, pero es expresiva, bien libre y eso no sé, pero admiro y me gusta y lo conozco y creo es algo bueno haber trabajado con él y ver su espontaneidad, su manera de ser profesor y pensador y reflexionar desde lo aymara y desde lo cholo”, recuerda.

La plástica, el grabado, la pintura han impulsado a Revollo a dar un salto al cine, la ilustración y el teatro.

Gracias a una invitación de Carlos Piñeiro, Revollo fue parte del equipo de arte de sus tres primeros cortometrajes “Martes de challa” (2008), “Max Jutam” (2010) y “Plato paceño” (2013) y también es el encargado de arte en la ópera prima del realizador paceño, Sirena, que se filmó a orillas del lago.

Su primera participación en un largometraje también sigue esa hilacha, fue German Monje el director de Hospital Obrero (2009) quien le dio la oportunidad.

Revollo también participó en otras producciones cinematográficas y de publicidad, fue parte del equipo de Insurgentes (2011) y Juana, guerrillera de la Patria grande (2014) de Jorge Sanjinés.

Las últimas producciones en las que participó sugieren un interés para cinéfilos, fue parte de la producción boliviana de la película Sal y Fuego (2016) de Werner Herzog. Más allá del filme, Revollo trabajó con el fotógrafo Peter Zeitlinger y el diseñador de arte Ulrich Bergfelder, en el equipo titular de gran parte de la obra del maestro bávaro.

En el teatro Revollo ha sido parte de proyectos con Percy Jiménez en Shakespeare de Charcas (2011) y Los B (2012). También fue participe de una obra de ópera -con la orquesta de Instrumentos Nativos- dirigida por Cergio Prudencio.

Lo último para detallar, pero no menos importante, son los trabajos de Revollo que ilustran las páginas de las novelas, Cuando Sara Chura Despierte (2003) e Illimani Purpura (2010) del escritor Juan Pablo Piñeiro.

Más allá del cine, la obsesión con el entorno y lo prolífico del trabajo de Revollo le exigen nuevas dinámicas, desde hace un tiempo se ha dedicado a su “cocina”, a trabajos en taller y a dar clases particulares. Hace mucho que dejó de mandar su obra a convocatorias o curadurías.

“Me presenté a una hace 8 años. Al Kiosko, claro que rechazaron la propuesta. No va con su estilo así que ni modo”, señala entre risas.

Revollo no se rinde con el grabado, pese a que es consciente de que en Bolivia no existe mucho movimiento en esta técnica.

“Una de las principales razones tal vez sea la falta de difusión del grabado en la educación general; considerando que son técnicas de las cuales derivaron la imprenta, la fotografía y el diseño gráfico”, finaliza.

La muestra de Revollo tiene de 25 a 30 obras donde destaca el grabado en sus diferentes plataformas: xilografía, litografía y calcografía, además de óleos, pinturas con tintas y pasteles secos en papel desarrollados en los últimos años.

Periodista - @lamajoferrel



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