Cochabamba, lunes 20 de agosto de 2018

Historia del cine boliviano 1897-2017*

Texto introductorio del libro, escrito por Carlos Mesa, Pedro Susz, Alfonso Gumucio, Andrés Laguna y Santiago Espinoza, que se presentará este viernes 10, a las 19:00, en la sala Rubén Vargas de la Feria Internacional del Libro de La Paz. El volumen fue publicado por Plural Editores.
| Carlos D. Mesa Gisbert | 05 agos 2018



Es difícil olvidar –me ha quedado como una imagen vívida en la memoria– el ingreso que hicimos con Pedro Susz a un soleado cubículo de unos pocos metros cuadrados en el quinto piso de la Casa de la Cultura Franz Tamayo, a pocos metros de la imponente basílica de San Francisco de La Paz. Era media tarde. Veo todavía hoy a Pedro con una lata de película entre las manos, donada por Raúl Barragán, se trataba de Laredo de Bolivia (1959) de Jorge Ruiz. Fue el primer filme del entonces inexistente archivo de la bisoña Cinemateca de La Paz. El año: 1976. Esa visión furtiva en mi mente no es del 12 de julio, fecha formal de la fundación de lo que poco después sería la Cinemateca Boliviana, pero, para mí, es la fotografía del verdadero primer día de esa entrañable institución cuya tarea es, entre otras, proteger la memoria del cine boliviano (las imágenes en movimiento del país para ser riguroso).

Pero la memoria se recoge y se preserva también a través de la palabra escrita. La segunda mitad de los setenta del siglo pasado no solo fue la de la creación de la Cinemateca –cuya contribución en esa recuperación ha sido central–, fue también el momento de la eclosión de lo que Raúl Salmón, en un artículo en el diario La Nación en 1955, y Marcos Kavlin, en 1958, en un artículo de la revista Khana, habían intentando hacer por primera vez al contar brevemente las peripecias de un cine del que se conocía poco o nada, salvo en la retina y en el alma de quienes lo edificaron desde los albores del siglo xx.

En 1975, en ocasión del sesquicentenario de la fundación del país, los periódicos Presencia y El Diario publicaron una edición especial conmemorativa, cuyo objetivo era dar una visión integral de nuestra sociedad en ese momento. Óscar Soria, protagonista, si los hay, de la historia del séptimo arte boliviano, publicó en Presencia unas páginas que reseñaban los avatares de nuestra cinematografía.

En El Diario lo hizo Amalia de Gallardo, la verdadera madre de la Cinemateca, entonces directora de Espectáculos de la Alcaldía paceña.

A poco, Pedro y yo ya a cargo del flamante archivo trabajamos en dos direcciones, primero publicamos en septiembre de 1976 un folleto de 20 páginas que reseñaba ese pasado con el título de El cine en Bolivia, y presentamos después el primer ciclo de cine boliviano de la historia, el primero, además, de los varios centenares sobre el cine del mundo que ha exhibido la Cinemateca en más de 40 años. Se inició el 13 de octubre del año señalado y estuvo integrado por Vuelve Sebastiana (1953) y La vertiente (1958) de Jorge Ruiz; Revolución (1963), Aysa (1965), Ukamau (1966) y Yawar Mallku (1969) de Jorge Sanjinés; Pueblo chico (1974) de Antonio Eguino y La Chaskañawi (1976) de los hermanos José y Hugo Cuellar Urízar. Cumplíamos así una parte de nuestro compromiso esencial y afrontábamos un gran desafío de futuro.

Espoleado por este comienzo, entre 1977 y 1978 trabajé en la preparación y coordinación de un libro que combinara dos puntas, los cineastas en una y los críticos en la otra. El producto fue el primer libro publicado sobre el cine del país, bajo el título de Cine boliviano del realizador al crítico que editó Gisbert en 1979, en el que participaron figuras relevantes de la realización y la crítica cinematográfica como Jorge Sanjinés, Beatriz Palacios, Antonio Eguino, Luis Espinal, Pedro Susz, Arturo von Vacano y Franciso Aramayo. En esta obra hice la primera aproximación a una información bio-filmográfica de nuestros cineastas.

Paralelamente, con un ahínco y una solidez admirables, Alfonso Gumucio investigaba sobre la misma cuestión. Su primer avance lo publicó en 1977 en la revista mexicana La Palabra y el Hombre, el segundo en 1979, en la edición de las bodas de oro del vespertino Última Hora, con aportes que superaban lo hasta entonces insuficientemente conocido. En 1981 (tarea que comenzó en 1973) coordinó junto a Guy Hennebelle una obra integral sobre el cine latinoamericano que incluía un texto suyo sobre Bolivia. En 1982 sacó a la luz, en la Biblioteca Boliviana de la editorial Los Amigos del Libro, la obra más importante que se haya escrito sobre tan apasionante tema: Historia del cine en Bolivia (que había concluido en 1980). Una lección de investigación, uso de fuentes y análisis cualitativo de nuestro séptimo arte, hoy sigue siendo un libro imprescindible. Puso en evidencia, a tiempo de su edición, la fragilidad de lo escrito hasta entonces (incluidas las páginas que le dediqué a la historia en Cine boliviano del realizador al crítico).

Con el estímulo de lo que hoy es ya un clásico, inmediatamente me puse manos a la obra con la idea de recoger los entonces últimos 30 años de la cinematografía boliviana. Aunque el libro que surgió como resultado de casi dos años de trabajo, La aventura del cine boliviano, abarcaba exhaustivamente el periodo 1952-1985, le dediqué dos capítulos a la etapa 1897-1952 y una parte significativa al fenómeno del cine nacional y la taquilla, la memoria, la nueva generación de cineastas, los premios nacionales e internacionales y una complementación más exhaustiva de una bio-filmografía boliviana.

Ambas obras se han convertido en las más relevantes de la historiografía de las imágenes en movimiento en Bolivia hasta hoy.

Pedro Susz, teórico, investigador y crítico, además de haber compilado su monumental reflexión sobre el cine, traducida en su obra en cuatro tomos 40/24 Papeles de cine (2014), publicó como parte de su trabajo de sistematización y catalogación del archivo de la Cinemateca tres obras imprescindibles: La campaña del Chaco y el ocaso del cine silente boliviano (1990), Filmo-videografía boliviana básica 1904-1990 (1991) y –en ocasión del centenario de la llegada del cinematógrafo al país– el No 61 de Notas Críticas de la Cinemateca: “Cronología del cine boliviano 1897-1997” (1997).

Si hay algún antecedente que recordar de esta ímproba labor de Pedro, es el de la revista Wara Wara (que tuvo un solo número), con el subtítulo de “Anales de la Cinematografía Boliviana”, publicada por el Instituto Cinematográfico Boliviano en 1954, donde se incluyen referencias exhaustivas de los cortometrajes del icb en su primer periodo de trabajo.

Desde entonces se abrió un largo paréntesis que cruzó el umbral del nuevo siglo, hasta que, en 2009, dos jóvenes periodistas especializados en temas culturales, Santiago Espinoza y Andrés Laguna, aparecieron en la escena de la historiografía cinematográfica con un libro bajo el sugerente título de El cine de la nación clandestina (2009), que buscaba y logró ser una certera aproximación al cine nacional del periodo 1983-2008. La posta había sido tomada por dos autores serios y muy bien formados. Un par de años después, en 2011, publicaron su segundo trabajo, Una cuestión de fe (2011), una combinación de crítica y de historia sobre el cine del país del periodo 1980-2010, fortaleciendo y ampliando su primer libro. Su tarea cerraba la brecha que había quedado congelada en 1985.

En 2010 produjimos con Mario Espinoza dos documentales, de una hora de duración cada uno, bajo el mismo título de mi libro: La aventura del cine boliviano. Primera parte y Segunda parte, que representaron el primer esfuerzo por hacer una historia audiovisual de nuestro cine a partir de sus propias imágenes.

En 2013, la Universidad de San Andrés y el Ministerio de Culturas emprendieron un ambicioso proyecto que buscaba lograr una selección de las películas fundamentales del país. De algún modo, era la saga de la encuesta que impulsé en 1983 a la que respondieron 26 historiadores, críticos y cineastas, que en ese momento escogieron lo que a su juicio eran las siete películas más significativas del cine boliviano (que, salvo por Revolución (1963) de Sanjinés, coincidió totalmente con la citada lista hecha 30 años antes). Como resultado de esa iniciativa se consignó un total de doce películas como las imprescindibles de nuestra cinematografía: Wara Wara (1930) de José María Velasco, Vuelve Se- bastiana (1953) de Jorge Ruiz, Ukamau (1966), Yawar Mallku (1969) y La nación clandestina (1989) de Jorge Sanjinés, Chuquiago (1977) de Antonio Eguino, Mi socio (1982) de Paolo Agazzi, Cuestión de fe (1995) de Marcos Loayza, Dependencia sexual (2003) de Rodrigo Bellott, Lo más bonito y mis mejores años (2004) de Martín Boulocq, Zona Sur (2009) e Yvy Maraey (2013) de Juan Carlos Valdivia. Pero además, bajo la coordinación de Guillermo Mariaca y Mauricio Souza, se publicó en 2014 un libro bajo el título Cine boliviano. Historia, directores, películas. La obra incorporó, además de la parte histórica, varios capítulos que relacionaron crítica de cine y literatura, miradas analíticas sobre los directores citados y la perspectiva de autores extranjeros, particularmente sobre Sanjinés y el cine andino del país. Desgraciadamente esta valiosa contribución prácticamente no tuvo difusión y tuvo un tiraje de unos pocos cientos de ejemplares.

Los cinco autores de este libro participamos en esa obra precisamente en el acápite vinculado a la historia. Hicimos para ello un esfuerzo de actualización, enriquecimiento y síntesis de lo que habíamos escrito en el pasado, con el afán de dar un panorama completo de 120 años del cine boliviano. Frustrados ante la casi nula difusión de la citada publicación, decidimos unir esfuerzos y, con el respaldo de Plural editores, bajo la lúcida dirección de José Antonio Quiroga, recuperar nuestros escritos, revisarlos, ampliarlos y unirlos para ofrecer una nueva historia del cine boliviano. Se suman a las cuatro partes principales de estas páginas un apéndice que contiene una bibliografía exhaustiva de todos los libros escritos en el país sobre el tema, además de una selección de folletos y artículos relevantes; una cronología del periodo 1897-2017; los largometrajes realizados en todo el periodo, y una lista de los cortos y mediometrajes que nos parecen imprescindibles para comprender nuestro cine.

Nace así este libro escrito a diez manos que, respetando el estilo literario, el punto de vista, las diferencias generacionales y la lectura histórica de cada autor, busca la coherencia y permite contar con una mirada totalizadora de esa magnífica y difícil aventura por la que transitaron centenares de compatriotas que han hecho posible registrar una memoria que, aunque sea por la mágica sensación de las imágenes en movimiento, revive como si hubiese ocurrido hoy una historia que para el cine nunca deja de ser presente.

Periodista, historiador y expresidente

* Este texto aparece como la “Introducción” del libro editado por Plural.



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