Cochabamba, domingo 23 de septiembre de 2018

Porfirio volvió a nacer a los 46 años

Su vida estaba en picada. Su riñón se inflamó y lo extirparon, vivió algunos años con uno solo; dejó de trabajar porque caminar desde su cuarto hasta la puerta de su casa lo dejaba abatido. Hace cuatro meses, la vida le dio otra oportunidad.
| DAYANA FLORES A. | 11 mar 2018

Una imagen que simboliza la donación cadavérica. 

Durante 15 años Porfirio (46) vivió cada día como si fuese el último. Estaba “casi” resignado a la muerte; “casi” porque en el fondo guardaba la esperanza de que subsistiría “un poquito más” o, al menos, “hasta donde se pueda”. Pero, hace cuatro meses, él volvió a aspirar a llegar a la tercera edad.

En septiembre de 2017, unos dolientes aceptaron la extracción de dos riñones de un familiar que acababa de fallecer. Uno de los órganos fue donado a una persona a la que no conocían, pero querían ayudar: Porfirio. Irónicamente, esa muerte dio vida a dos seres humanos.

SU HISTORIA

El suplicio de Porfirio empezó cuando tenía 30 años, pero, “haciendo memoria”, la sensación de que algo no andaba bien en su sistema urinario la tenía desde pequeño. “No orinaban normal. Como vivía en el campo, no habían muchos cuidados”.

Así vivió hasta que, hace unos 15 años, cuando él tenía 30, soportar el dolor ya no era una opción. Uno de sus riñones estaba inflamado y su cuerpo lo manifestó con un “insoportable” dolor de espalda.

Cuando acudió al médico, le dijo que la aflicción era en la columna y se debía a un sobreesfuerzo. Le inyectó un complejo, pero el dolor no se iba, sino que empeoraba. Recibió la dosis un par de veces más y el resultado era el mismo, por lo que decidió ya no ir al hospital.

Así, padeciente, migró a España porque las circunstancias se dieron. Su intención, como la de casi todos los bolivianos, era trabajar, reunir dinero y retornar al país para ofrecer una mejor calidad de vida a su familia. Pero, allá, las jornadas labores masculinas exigían un desgate físico al que, aunque quería, no podía responder. Soportó un año cargando materiales de construcción desde la planta baja de edificios en construcción hasta pisos superiores, pero terminó en el hospital.

“Allá (España) los migrantes creo que no somos bien recibidos. Me programaron mis análisis hasta 15 días después”. Entretanto, le aplicaron calmantes y, por cuestiones laborales, Porfirio no acudió a la cita médica.

Supo de su enfermedad renal cuando retornó a Cochabamba. Para entonces, la inflamación de uno de sus riñones era grave y la única alternativa era extirparlo.

Tras la intervención, los dolores cesaron, pero por un período breve. Su cuadro empeoró, a tal punto que lo tuvieron que someter a diálisis tres veces a la semana. Ese tratamiento médico que consistía en eliminar artificialmente las sustancias tóxicas de su sangre, retenidas a causa de una insuficiencia renal, lo dejaba tan mal, que caminar desde su habitación hasta la puerta de su casa era un martirio. Al recorrer esos pocos metros, se agotaba, sus articulaciones ya no le respondían para volver o, al menos, abrir la puerta.

“Si un lunes me hacían diálisis, salía muy mal, pero hacía todo por motivarme a estar bien. Para el martes ya estaba mejorando, pero llegaba el miércoles y otra vez me tocaba diálisis. No se podía”. Permaneció postrado, aguardando a recibir un riñón donado por un extraño o un cadáver. Su familia no era una opción.

“Difícil había sido pedir un órgano a familiares”. Contó que solo su esposa aceptó someterse a exámenes de compatibilidad para donarle un órgano, pero no era apta.

El resto de sus familiares lo veían padeciente, casi al borde de la muerte, contando que necesitaba un riñón para poder vivir, pero solo le deseaban suerte para que encuentre a alguien dispuesto. “Quizá pensaban que si me daban un riñón, igual que yo se iban a enfermar”.

A pesar de esa indiferencia familiar, el poquito de esperanza de vida que tenía Porfirio bastó para que se presente la oportunidad de recibir un riñón donado.

Él se anotó en la lista de espera y, al año y medio, “cuando estaba comiendo frutas en la cocina”, recibió una llamada que le cambió la vida. Era su doctora que le pedía que “vuele al hospital” porque habían riñones disponibles gracias a una donación cadavérica.

Los ojos le brillaron, estaba emocionado, no se la creía. Tomó sus papeles y se marchó al hospital sin decir nada a su familia, porque no quería ilusionarla. Es de las personas que cree que “no hay que decir nada a nadie hasta que no esté dado”.

Así, de comer naranjas, pasó a una camilla de cirugía en cuestión de horas. Su esposa se enteró de la noticia un momento antes del proceso.

SU VIDA

La operación fue exitosa y, a pesar de que transcurrieron apenas unos meses desde aquel día, Porfirio está como nuevo. Ya no le es problema caminar por su casa, no va a diálisis, come sin dolor y está seguro de que le restan unos buenos años al lado de su familia.

Aún está tomando medicamentos, pero, con el tiempo, tiene la esperanza de que disminuirán en número.

Él es feliz porque gracias a una donación cadavérica le devolvieron la vida.



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