Cochabamba, Bolivia, Domingo 1 de marzo de 2015
Revista Así
Tras dos años de intensa labor

Reapertura de la Iglesia de Santa Teresa

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TEXTOS. JIMENA NÚñez Larraín/// FOTOS. noÉ Portugal, Marcelo Claros Marzana /// | 01/03/2015



Patrimonio. Con el apoyo de la Embajada de Estados Unidos en Bolivia se impulsó el proyecto de restauración de esta infraestructura religiosa de gran valor histórico.

El Convento de Santa Teresa es una de las construcciones más emblemáticas de la ciudad de Cochabamba, siendo   su carta de presentación una imponente fachada de piedra.

Ya desde las afueras del recinto, precisamente al subir por la calle Baptista, antes de llegar a la Ecuador, se observa la fachada de la iglesia de casi 20 metros de ancho, enmarcada entre dos columnas laterales, de unos 12 metros de alto.

Coronando la torre de la iglesia, se encuentran dos campanas, que repican sin cesar los días festivos, mientras alzan vuelo las palomas que moran por el lugar. En lo más alto del campanario, como acariciando el cielo, se observa una delgada cruz latina.

No es de extrañar que por toda esta infraestructura externa, algunos fieles -en diferentes épocas- hayan confundido este lugar con una inexpugnable fortaleza medieval.

Cruzando la plazuela del Granado se llega hasta la puerta de acceso a la iglesia. Sobre el portón de madera de dos puestas se observan grandes bloques de piedra perfectamente labrados y sobrepuestos matemáticamente para formar un arco de medio punto.

Solo esta puerta, de considerable antigüedad y espesor, separa a la ciudad de este espacio religioso. Al traspasar este umbral se siente como si uno retrocediera en el tiempo, donde la majestuosidad de las obras neoclásicas se dejan percibir en todo su esplendor, -tanto en los trabajos de escultura como de pintura-, más ahora que estas han sido restauradas.

En ese momento, la iglesia está vacía, debido a los trabajos de refacción que se realizan con el financiamiento de la Embajada de los Estados Unidos; por eso se puede apreciar el piso de mármol, donde destacan unas discretas vetas de color salón. Un poco más al centro se encuentran dos incrustaciones de escudos de la orden de los carmelitas, también en marmol.

Sobre el pasillo central, en una hilera secuencial, hay cinco candelabros en forma de araña, que parecerían estar flotando en medio del recinto.

El esplendor que emana de los cristales de roca cortada refracta en las estructuras metálicas de color dorado que la soportan, y el haz de luz que emana ilumina tenuemente todo el ambiente. Cada uno de los candelabros pesa alrededor de 75 kilos.

Estos son algunos de los múltiples trabajos que se realizaron en la iglesia del Convento de Santa Teresa. Solo resta refaccionar y restaurar el altar mayor, cuyos trabajos comienzan estos días y demorarán unos meses.

Este proyecto fue ampliamente anhelado por la comunidad de los Carmelitas Descalzos.

Anoche, ante la presencia de muchos fieles e invitados, se realizó el acto de reapertura de la iglesia, con la realización de un concierto de Música Gospel, de Norteamérica.

HISTORIA Y LEGADO

El origen y la creación de este convento se remonta a la tercera década del siglo XVIII, cuando los pobladores de Cochabamba deseaban la fundación de un Monasterio de Carmelitas Descalzas, ya que las jóvenes que sentían vocación por la vida religiosa debían trasladarse hasta los conventos de Sucre, La Paz o Potosí. 

El 4 de noviembre de 1724, el señor Salvador Crespo y su esposa Melchora Macías de la Guardia donaron su huerta de casi un manzano de extensión, la cual estaba situada a dos cuadras de la plaza principal, en la calle de la Compañía, hoy Baptista.

El arzobispo de La Plata (Sucre) de entonces, doctor Gregorio de Molleda y Clerque, tramitó el permiso correspondiente, que fue concedido por Cédula Real y firmado en el Palacio de Aranjuez (Madrid) el 24 de julio de 1753.

La construcción del convento demoró siete años, siendo el autor del proyecto el jesuita Santiago Cambiazo. El 13 de octubre de 1760 llegaron desde Sucre las primeras tres religiosas fundadoras de la ciudad de La Plata.

Toda esta estructura fue conceptualizada como un recinto para monjas de claustro, quienes llevaron una vida de recogimiento por muchos siglos, sin relación con el mundo exterior.

Pero, sin proponérselo y casi obligadas por la necesidad económica, hace poco más de una década, las religiosas que habitan el lugar abrieron al público un sector del convento para la conformación de un museo.

En primera instancia, esta primera innovación fue impulsada por la hermana Carmen Álvarez, -de profesión arquitecta-, quien construyó nuevas viviendas para las Madres Carmelitas, pues el paso del tiempo hizo mella en su esplendor y aparecieron grandes deterioros.

También visualizó la creación de una escuela taller de restauración dentro el mismo monasterio y finalmente se designó a una de las partes del claustro para funcionar como museo.

El 2010, el convento organizó un curso de restauración de un mes, donde se planteó la necesidad de una pronta restauración del convento. Lo que no se contaba era con el presupuesto necesario para encararla con prontitud.

Manos a la obra

El padre Linton Guzmán de la Orden Carmelitas Descalzas y actual Director del Museo-Convento Santa Teresa, y Fray Armando Sejas de la misma orden, historiador y administrador, asumieron el desafío de impulsar la restauración de la iglesia.

Un anhelo que solo pudo hacerse realidad gracias al apoyo de la Embajada de los Estados Unidos, que invitó a los encargados del Museo a presentar un proyecto de restauración y competir con otros programas culturales a nivel mundial.

A finales de 2012, la congregación Carmelitas Descalzas recibe con beneplácito la noticia de que el proyecto de restauración fue elegido y que en enero de 2014 se iniciarían los trabajos.

Todo el proyecto tenía un presupuesto de 200 mil dólares; la Embajada invirtió 120 mil dólares y el convento, como contraparte boliviana, aportó entre 80 a 90 mil dólares. Dinero que se logró reunir gracias al donativo de los feligreses y la colaboración de otras comunidades carmelitas de España, Uruguay y Paraguay, por nombrar algunas.

De acuerdo al padre Linton Guzmán este trabajo fue encarado con mucho cuidado tratando de preservar todo su patrimonio; por ello se conformó un equipo multifuncional, entre ellos el historiador y arquitecto Carlos Lavayén, el arquitecto encargado del proyecto Mario Moscoso, junto a otros profesionales como: Simone Ricaldo, Ximena Santa Cruz, Marcelo Claros y Roberto Flores; quienes desde su experiencia y ámbito de acción contribuyeron a la realización de las distintas fases del trabajo.

Al mismo tiempo, el padre Linton Guzmán afirmó que todos los planos fueron aprobados por el Ministerio de Culturas, la Alcaldía de Cercado y el Colegio de Arquitectos de Cochabamba; de esta manera se cumplieron con todas las normas establecidas para intervenir un edificio histórico en la ciudad.

Esta medida ayudó a preservar y respetar el 98 por ciento de toda la arquitectura original, gracias al estudio de documentos que revelan cómo era la iglesia primitiva.

TRABAJOS MÚLTIPLES

Entre las obras que se realizaron se encuentran la restauración de los altares laterales y el altar mayor, del púlpito, los balaustres del coro alto, las puertas, iluminación, pintura tanto de caballete como de las paredes; pero el trabajo principal se realizó en los muros del contorno de la iglesia, debido a su excesiva humedad.

Según Guzmán se realizaron trabajos de excavaciones en el contorno de la iglesia, denominados comúnmente “wayra cañones” o zanjas de ventilación, para refrescar las paredes y evitar la humedad y el deterioro. También se cambió el piso, que antiguamente era mosaico, el mismo que fue reemplazado por mármol.

En cuanto al trabajo de restauración de los altares laterales, escultura y pintura de caballete se contrató un equipo calificado de restauradores que llegó de Sucre y Potosí, a la cabeza de Jenny Chipani, experta en restauración.

Este equipo profesional se entregó

en cuerpo y alma a restaurar esta magnífica obra.

En cuanto a los materiales empleados Guzmán afirma que una gran mayoría la obtuvieron en nuestro país, pero otros fueron traídos de Italia, como el bol de armenia, las láminas de pan de oro de 22 y 24 que emplearán en el altar mayor.

Ésta es una cadena de trabajo donde se cuidó hasta el más mínimo detalle y también los costos. Un obra que queda en su máximo esplendor para alegría de los cochabambinos.





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