Cochabamba, Bolivia, Lunes 19 de junio de 2017
Editorial

El Muro de Berlín y Helmut Kohl

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19/06/2017 | Ed. Imp.
“Destrucción del Muro de Berlín, signo de una nueva época”. Con este titular, publicado en la página editorial de OPINIÓN del 11 de noviembre de 1989, comenzaron en el diario las noticias sobre un acontecimiento que marcó un hito en la historia de la humanidad.

Y es que ese muro fue emblema de la polarización de fuerzas que surgieron en Europa después de la Segunda Guerra Mundial. Por una parte, al este, bajo la órbita soviética y con el socialismo como forma de Gobierno, quedó la República Democrática de Alemania. Por otro, en el oeste, estuvo la República Federal de Alemania, influida por el capitalismo de Occidente, con Estados Unidos a la cabeza.

Alemania, protagonista “perdedora” de la contienda bélica, desde fines de 1949 fue ocupada y dividida por estas dos concepciones, separadas irreductiblemente, creando, en medio de un territorio común, dos espacios con diferentes objetivos políticos, sociales y económicos.

Aunque el proceso de separación fue contundente desde el inicio, los mecanismos de aislamiento, mediante cercos y otros impedimentos, fueron endureciéndose desde la órbita oriental, en 1952. Las acciones se tomaron por las masivas migraciones del este al oeste, replicadas asimismo en la ciudad de Berlín, donde se había establecido el “límite” físico de una y otra parte. El límite se consolidó a partir de 1961, cuando las autoridades de Alemania Oriental autorizaron la edificación del muro.

Esta determinación fue reclamada por las autoridades de la República Federal Alemana, y aun por figuras del ámbito político internacional, como el presidente de EEUU, John Kennedy. No obstante, se continuaron perfeccionando los controles y límites materializados en 1975, en una “muralla” de 120 kilómetros alrededor del territorio comunista. El cerco fue hecho de hormigón armado y mallas de seguridad, e incluía puestos de control.

La situación continuó con un creciente desgaste del Gobierno del sistema socialista que, ante el descontento de la población, resolvió conceder permisos que finalmente derivaron en la declaración oficial de la desaparición de todas las restricciones. El hecho conmovió a los alemanes de ambos sectores que, alborozados, asistieron, después de 28 años, al derribo del Muro de Berlín, la noche del jueves 9 de noviembre de 1989.

Como colofón de este feliz suceso, la nota editorial de OPINIÓN reflexivamente expresó: “La evolución humana acaba de liquidar el sentido regresivo del Muro de Berlín. Es posible que liquide otros obstáculos, otras forma violentas, otras aberraciones de la inteligencia. Vivimos una época caracterizada fundamentalmente por la sustitución de la violencia con la razón, por la sustitución del egoísmo con la solidaridad, por la sustitución de la bestia con el hombre”.

Es en tal contexto que cobra relevancia para Alemania y el mundo la figura de un notable político, el excanciller Helmut Kohl, al frente del Gobierno alemán entre 1982 y 1998, y quien murió el pasado viernes a los 87 años, siendo reconocido como el artífice de la reunificación alemana e impulsor clave de la integración europea.

En 1982, Khol accedió a la Cancillería tras presentar una moción de censura contra el socialdemócrata Helmut Schmidt, y un año después ganó sus primeras elecciones generales, triunfo que revalidó en 1987. En esa legislatura forjó su figura política internacional, cuando días después de la caída del muro, en noviembre de 1989, apostó sin fisuras por la reunificación de Alemania presentando su "Plan de 10 puntos" para conseguirla. La reunificación necesitaba apoyos firmes y Kohl reunió el del líder soviético, Mijail Gorbachov, y el del presidente de Francia, el socialista Francois Mitterrand, con quien protagonizó uno de los periodos más fructíferos de las relaciones germano galas. Sobre un eje similar de alianzas pivotó también su apuesta por el proyecto europeo, la implantación de la moneda única y la ampliación al este.

Políticos como Khol son los que se extrañan actualmente, en una Europa en la que, por el contrario, son cada vez más las voces que apuntan a la fragmentación.


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